Por Bernardita García Jiménez

La primera vez que leí la crónica “Pollita en Fuga”,  de la argentina Josefina Licitra, estaba en primer año de Periodismo. Me acuerdo que no entendí qué estaba leyendo. Era un híbrido raro, brutal, donde se narraba la historia real de una adolescente embarazada que lideraba una banda de secuestradores en Buenos Aires. Era, también, mucho más que eso. En el texto, la autora usaba frases como “Porque Silvina, ya van a ver, es uno de esos casos en los que se pierde todo” y “Cada huida es revolucionaria. Cada vez es un comienzo desde cero”, y, sin ninguna vergüenza ni afán por justificarse, era personaje y narradora de los hechos.  Recuerdo la confusión, mi cerebro crujiendo: otra vez; no entendí lo que estaba leyendo. Quizás por eso fue que me pareció lo más rockero que había leído en mi vida. 

Después fueron saliéndome otros al paso, que parecían hacerle compañía a esta crónica que –dada mi juventud y falta de experiencia –me resultaba de una soledad profunda, como flotando desolada en un mar de investigaciones periodísticas y coberturas de prensa que se remitían a los datos duros, la cuña bien citada, la fuente con su cargo completo. Los del “norte”: Gay Talese espiando a Frank Sinatra desde el mesón de un bar en Hollywood; Tom Wolfe reseñando el viaje por Estados Unidos de un grupo de proféticos de las drogas sicodélicas; Hunter S. Thompson desgranando la decadencia de la elite social y política en el clásico Derby de Kentucky. Los del “sur”: Juan Cristóbal Peña reconstruyendo los últimos días de los frentistas que quisieron matar a Pinochet; Martín Caparros siguiendo los pasos de una joven anarquista que terminó acusada de terrorismo en Italia; Juan Pablo Meneses comprándose una vaca que bautizó “La Negra” y luego mandó al matadero para perfilar a la sociedad argentina de la época. 

Hubo, por supuesto, muchísimos más. Y a medida que mis dedos fueron palpando, ansiosos, esas páginas impresas, fui enamorándome de este género extraño, muchas veces incomprendido –igual que el rock– que Wolfe llamó el “Nuevo Periodismo”, y que hoy llamamos “Periodismo Narrativo”. Historias contadas con plumas poco convencionales sin mucho que perder. Un amor visceral a las versiones diferentes a esa “verdad” que la prensa tradicional se empecina en levantar.

 Creo que lo que este tipo de periodismo hizo por mí –y me imagino que ha hecho por muchas más –fue hacerme entender que las historias, como la vida, se cuentan y se entienden mejor a través de filtros personales. 

En agosto de 2020, al alero de una pequeña editorial independiente llamada Libros del Amanecer, y de un proyecto de sello de no ficción bautizado Berrinche Ediciones, publicamos una antología con –los que a nosotros nos parecieron –los mejores textos de Periodismo Narrativo de aquel año caótico. Así nació Chile Crónico: Las mejores historias periodísticas de un año para no olvidar, una antología de 27 crónicas y columnas que configuran una cápsula del tiempo que guardará, eternamente, lo que fuimos en el año que lo cambió todo. Entre algunos de los textos, figura la historia de un grupo de pobladores de Petorca que encontró agua en su pueblo drenado por la industria aguacatera; la nueva vida como no vidente del primer manifestante que perdió sus ojos en el estallido social; un mosaico de relatos personales sobre cómo la pandemia potenció el mercado negro de fármacos abortivos; y la brillante crónica de un nieto y su abuela que fueron juntos a votar en el plebiscito de octubre. 

El resultado fue un híbrido raro, doloroso, donde los autores se involucran, usan la primera persona, la opinión, incluso sus propios vínculos personales con la historia que están contando. Otra vez: rock. Ad portas de su lanzamiento, decidimos que queríamos generar una instancia que honrara esta cualidad. Y qué mejor forma de honrar el rock que un festival. 

Así nació el Festival de Periodismo Narrativo Chile Crónico, con seis mesas de diálogo en torno a diferentes temáticas –crónicas callejeras, feminismo, movimientos sociales, relatos pandémicos, perfiles y la transformación del periodismo –y autores y panelistas de las más variadas escuelas y tradiciones. La Universidad Portátil sumó lo propio, invitando a destacados profesores como moderadores de las conversaciones.

Entre los participantes, hay periodistas consagrados que llevan décadas en el cuento, así como otros que vienen recién saliendo de la universidad con todas las ganas de devorarse la vieja industria. Hay autores de libros de periodismo, finalistas y ganadores de premios nacionales, y otros que han decido incursionar en la fotografía y el activismo.

El Festival Chile Crónico honra el Periodismo Narrativo chileno de hoy, con voces de todos los portes y estilos que se escuchan, se escucharon y se escucharán fuerte y claro en los próximos años. El line-up es ruidoso y misceláneo, y evoca esa nostalgia de un género que un día fue nuevo y revolucionario, y que hoy, pese a estar perdiendo la guerra contra una industria mediática moribunda, sigue disparando sus municiones.

Transmitido por el medio El Desconcierto, el festival se extenderá hasta el 8 de julio. Los interesados pueden encontrar la programación completa en la web de Berrinche Ediciones, donde ya se están disponibles los primeros capítulos. Esta vez no hay pulseritas de colores fluorescentes: el festival es gratuito y abierto a todos.

Edición: Belén del Castillo


Bernardita García es periodista de la Universidad Diego Portales en Santiago, Chile. Cursó el Magíster de Escritura Creativa en University of California Riverside. En 2020 publicó su novela autobiográfica “La gente como uno” (Libros del Amanecer). Este año fue parte del equipo que organizó el 1er Festival de Periodismo Narrativo Chile Crónico.