Por Silvia Dangond-Gibsone

¡Si solo hubiera sucedido en estos últimos años! 

Seguro habría tenido el ímpetu de gritarle que era un depravado, un atrevido, un asqueroso.  Tal vez lo habría escupido y habría dado un dramático portazo al bajar del taxi. No le habría pagado o le habría tirado solo unas pocas monedas para devolverle la humillación. 

Seguro que habría tomado fotos de la placa del auto y de su identificación como conductor. Tal vez habría posteado en mis redes sociales esas frases que describen a los degenerados o alguna alusiva al movimiento #MeToo. O hubiera usado una de esas nuevas aplicaciones que permiten al pasajero oprimir el botón de emergencia para alertar sobre una posible situación de peligro.

Seguro habría expresado más rápido y sin miedo lo sucedido, contando detalles sin dudar de mí y sin hacerme tantas preguntas estúpidas. Seguro no recordaría lo que hoy veo tan claro en mi memoria y podría entonces repetir de manera burlona o sarcástica las frases obscenas que salieron de su desproporcionada boca. 

Pero pasó hace más de 10 años y por eso tal vez todavía se me eriza la piel solo de pensar en aquella tarde. Esa en la que me olió a encierro. 

Detuve mi mirada en las abrazaderas y me parecieron tan inútiles. Nunca había reparado en esta parte del interior de los autos. En realidad, no sirven para nada. Ni siquiera adornan. Miré por la ventana de mi lado derecho. Casa tras casa, árbol tras árbol. Montañas. A mi lado izquierdo entre nubes y un cielo que recuerdo muy azul, veía por la ventana más lejana un bosque que se veía profundo y a pesar del sol de mediodía, oscuro. Pensé muchas veces en abrir la puerta y tirarme a la carretera, pero de solo pensarlo me dolieron las rodillas, el estómago.  

Desde que me miró por primera vez por el retrovisor, parecía calcular con precisión el tiempo hasta la siguiente mirada. No le podía ver la boca, pero me la imaginaba mojada, gesticulando cada improperio, cada palabra obscena. Semicerrada. Me la imaginaba delgada y llena de rayitas, como las de los fumadores que me producen siempre algo de asco. 

Por el rabillo del ojo, le veía el cuello y la frontera entre el pelo oscuro y la nuca.  Le podía ver la primera vértebra marcada y las arrugas que se hacen cuando uno mueve la cabeza para el lado. Parecían diagramas geométricos diminutos marcando una piel medio amarilla. El cuello de la camisa blanco azulado, algo maltratado por el tiempo y por su uso en una ciudad como Bogotá, contaminada como él. 

Traté de mirar hacia el punto más lejano. Mi mamá me decía que me concentrara en el paisaje cuando me mareaba durante un recorrido en el auto de mi papá. Y traté de hacerlo, pero no era mareo lo que sentía. Era repulsión. Era una incapacidad absurda. Era clausura, impotencia. Gritaba por dentro, pero de nada servía porque la única que oía era mi yo interior, que al mismo tiempo se maldecía por no estar haciendo nada. Por haber tomado un taxi cuando los buses y las busetas siempre me funcionaban. Por no pensar en que estas cosas pasan y que había tenido suerte de que hasta ese momento no me hubiera sucedido.

Porque, al fin y al cabo, era muy cotidiano. El 70% de las mujeres que usan transporte público ha sido víctima o testigo de acoso sexual, según las últimas cifras del observatorio de mujeres en Bogotá. Una de esas cosas que confunden con la caballerosidad o la coquetería los que se sienten más hombres. 

Fotografías de Edgar Zúñiga, Flickr.com

Era un espacio muy breve el que me separaba de este hombre que conducía el carro mientras soltaba frases y palabras pegachentas, pesadas. Palabras sonoras que rompieron algo que yo no creía tan delicado. Que se detuvieron en el tiempo y que 10 años después generan la misma sensación de repugnancia.

Recuerdo el cansancio de la jornada que me llevó a decidir que, en vez de bus, tomaría un taxi. Solo pensaba en el almuerzo, en mi cama.

Y llegó el carro. Uno cualquiera, tan común como los demás. El día estaba precioso. Soleado.  Mi atuendo era perfecto para el clima. Una camisa de manga larga, pantalones de mezclilla y zapatos bajos. La brisa casi cálida que entraba por la ventana revolvía mi cabello. Lo llevaba suelto. Me senté con ganas. 

Hice un recorrido visual. Revisé muy por encima el documento que, por ley, deben llevar con todos los detalles del vehículo, los datos del conductor. Parecía todo en regla. Confirmé el costo de la carrera y, una vez cerrada la puerta, arrancamos.  

Me pidió la dirección de mi casa. ¿Por la circunvalar? Le dije que sí. 

Me miró por el espejo retrovisor. Sonreí tímidamente. Salimos de la zona universitaria, pasamos por el peligroso barrio que rodea el área. No me detuve en ese pensamiento. 

¿A dónde la llevo, mamita? El retorcijón en el estómago, la sudoración en mis manos. La inmediata sensación de sequedad en la garganta. La pregunta se repitió en mi cabeza. Yo ya le había dado la dirección. Mi mente recorrió de nuevo los primeros momentos en el vehículo. El énfasis era en el “mamita” y no en la dirección. Recuerdo el tono malvadamente juguetón que usó y en la mirada intempestiva que lanzó.

Algo no estaba bien. La palabra “mamita” volvía a resonar. Cambiaba totalmente la situación en la que me encontraba. El recorrido placentero se convertía en una pesadilla. 

La carretera era delgada. A la derecha, un barrio de invasión y a mi izquierda, un bosque oscuro. Los carros iban más rápido de lo normal. En esa época eran pocos los semáforos en esta vía. No había transeúntes. Nadie con sentido común y que conozca la ciudad recorrería ese sector a pie. No tenía escapatoria. 

Hoy recuerdo las preguntas que me hice y que aún aparecen sin pedir permiso en mi cabeza. ¿Por qué no le dije que fuera por la Séptima para bajarme más rápido?, ¿dije o hice algo que lo incitara?, ¿era sugestivo mi atuendo?

Hoy entiendo ese hombrecito se sintió empoderado al mando de… un timón. Como el profesor que por pedagogo se siente más y se siente con el derecho de atender a sus alumnas para subir las notas. O el jefe que invita a sus secretarias, asistentes y empleadas a conversar sobre un posible aumento de salario o una mejor posición en la empresa. 

Era otro de esos a los que les jodieron la vida cuando no le explicaron la diferencia entre el instinto y la conciencia, y que seguro nunca habló de sexo con sus padres o de lo que significa respeto, o de lo delicado que es el balance entre el espacio personal y el de los demás. Que no tuvo el chance aprender siquiera lo que es el asedio verbal o la expresión lasciva de intensiones sexuales y mucho menos el efecto que puede tener en otros este tipo del asalto. 

Y aunque es un gran avance que ya se hable con alguna frecuencia de que más del 70% de las mujeres que usan transporte público en Bogotá han sido víctimas o testigos de acoso sexual y que hace unos meses se radicó un proyecto de ley que busca convertir en delito estos comportamientos, todavía sigo buscando algo de tranquilidad en las reacciones de quien oye la historia. Como si aún necesitara validación sobre lo sucedido. Y no lo logro. Veo expresiones de castigo, de incertidumbre, de desconfianza. Veo lástima y hasta incredulidad. 

Y entonces, por momentos, veo de nuevo por el espejo a ese hombrecito controlando mi espacio. En el asiento del conductor, manejando y sonriendo, luego de decir mil veces “mamita”. 

Edición: Francisco Uranga


Silvia Dangond – Gibsone es politóloga y comunicadora. Trabajó en prensa escrita, radio y televisión en Colombia, cubriendo temas políticos y de cultura. Es graduada de la Universidad de los Andes (Colombia) y tiene una maestría en Resolución de Conflictos y Comunicación de la George Mason University (Virginia, EEUU). Escribió columnas de opinión y blogs en Colombia y para el área de comunicaciones del Banco Interamericano de Desarrollo. Es consejera y promotora de temas de cultura, educación y deportes para Colombia en Washington DC.